25.5.08

III historias de radio




Los jueves por la tarde al salir de la escuela no esperaba a mis amigos como siempre, corría hasta un café con leche, pan y azúcar que mi abuela tenía ya caliente para cuando llegaba. Banquetas, cocina de leña, una mesa y una radio que escuchábamos sin mediar más que gestos: eran relatos de la guerra que no se cómo, se colaban entre el franquismo sin nombrar contendientes, eran relatos de sobrevivientes. Aquel día, una familia que atravesaba un puente escapando del frente hacia su pueblo, tuvo que colgarse como pudo del entramado de hierro que separaba la vía del abismo del suelo. El relato era agobiante, agarrados al puente de hierro la madre, el abuelo, los niños... no, mi marido no venía -contaba la mujer-. Al acabar, mi abuela habló del día en que los hicieron bajar del camión en que viajaban, escapando de Madrid a Valencia, a refugiarse bajo los árboles. Ella, que viajaba con dos niños pequeños, no corrió lo suficiente y al sentir las balas de los aviones rompiendo el suelo cubrió a sus hijos con su cuerpo aplastándolos contra la tierra...
Cuando iba más tarde hacia mi casa en el barrio de San Roque de abajo todavía llevaba en el estómago el peso de la bala que aquel día no atravesó el cuerpo de mi abuela, de mi madre y de mi tío, permitiendo que yo al final naciera. Bajé el terraplén que separaba los dos barrios y rodeando la charca que llamábamos Río Guay, fuí tirando piedras al reflejo que las golondrinas dejaban en el agua persiguiendo mosquitos como si fuesen aviones enemigos. Cuando pasado el tiempo se le fueron poniendo nombres y apellidos a las historias de la guerra, supe que mi abuelo había sido militante comunista y salvó el cuello porque era ebanista y hacía muebles como nadie para los mandamases de aquel campo de Valencia del que salió un año después para recoger a su familia en Madrid y venirse a Vigo, con la promesa de un trabajo, a empezar una nueva vida. Era 1940, su padre, su madre, su suegra, su mujer, sus dos hijos, su hermano y su nuera... Vamos, dije, que aquí en Madrid ni mierda hay ya para nosotros, y aquí nos vinimos, yo siempre tiré palante, peor no podíamos estar"-contaba mi abuelo...

22.5.08

+ tarde

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Hoxe veño tirando de fíos toda a tarde: é a chuvia e os tellados húmidos que recubren a pel. E a coraza. Aveces a coraza. Removo a taza de café dos meus días con fotografías como esta que, empeñanse en ficar na miña retina, pasando do negativo ate o ordenador coma o tempo mesmo: a toda hostia. Ten coidado, agora dirixes eixos que conduces soa. Un beso grande.

Tarde




Tiro do fío da túa canción e traio un final flotando no vacío, un fío ermo.
A persoaxe que  tes que actuar para min
-a que eu quero filmar-
non chega máis.
Un fío flotando no vacío e unha voz chamando,
unha voz que non é a miña

20.5.08

II Aldeadavila


La casa del sastre
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Mientras mi abuelo pagaba en Valencia el haber traspasado la frontera con Francia por no tener-decían- delitos de sangre, mi abuela y sus dos hijos no tuvieron mas remedio que refugiarse en el pueblo de su madre, lejos de los conocidos que sobrevivieron con éxito la guerra en Madrid. Mi madre recuerda del pueblo de su abuela Bernarda estar frente la casa del sastre -un lejano familiar que los acogió- y que cuando las vecinas preguntaban por su padre tenía que decir: con Franco, con Franco.

Hace muy poco llevé a mi madre y a mi abuela hasta Salamanca y nos arrimamos a la orilla del Duero para visitar el pueblo de mi bisabuela Bernarda. Hay una gran iglesia en la plaza, en el medio del pueblo, que ni una ni otra recordaban en absoluto. Luego si recordaron al salir del centro por una callejuela estrecha, la casa del sastre y la cuesta hacia el lavadero a donde iban todos los días. En los meses que pasaron allí no habían conocido ni tan siquiera el pueblo donde vivían. El horror convirtió a mucha gente en topos y a otros como a Bernarda les quitó el habla. Mi abuela, a la que seguimos llamando Nena, que era como mi abuelo Juan, su marido, la llamaba, estaba contenta por el viaje hasta el pueblo de su madre que conoció conmigo en pocas horas, pues, me dijo, nunca había visto los arribes del Duero, los cañones que forman en curvas trazadas, las viñas cayendo en cuestas infinitas, pues, en cuanto pudo se marchó de allí, sin avisar, de noche, como había hecho su madre. Yo la escuchaba pasmado ante la belleza de los arribes soñando con vivir allí, aunque tal vez, del otro lado del río.

19.5.08

I / Bernarda


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En la calle de un poeta que nadie conocía
la ropa decoraba las paredes
clareando el interior de cada casa
de blanco, de algodón y de tergal.
Aprendimos a esperar el verano
viendo crecer la fruta en el jardín de cada casa
de cada prohibición.
Aspirábamos a cosas tan sencillas
que nos acostumbramos a conseguirlas
y lo único que respetábamos era la espera...

Un día en casa me dijeron que fuera a ver la tele al bar y yo supe que mi bisabuela había muerto. Hasta entonces solo perros se me habían muerto y esto dolía más. Me había acostumbrado a ver a aquella vieja barriendo las aceras, comiendo y doblando servilletas con la mano como si las planchara. Pero no recuerdo que hablara, contestaba con un pequeño gesto a mi abuelo si la decía algo. Pasó tanto tiempo encamada al final de sus días que en casa se escuchaba muchas veces la palabra llaga. Una vez subí las escaleras hasta su cuarto y vi a mi madre y a mi abuela haciéndole una cura, y vi la llaga. Me pareció que todo el brazo de mi abuela cabía en aquella herida.
Cuando mi otra bisabuela, Rosario, la andaluza, enfermó, mi madre y mi abuela estaban preocupadas por si encamaba y enllagaba como Bernarda. ¡Que coño con la Bernarda! decía Rosario, la granadina, y nadie podía dejar de reír viéndolas, el trigo y el agua. Bernarda era de Salamanca y a través de su recuerdo me hice siempre el retrato de Castilla, del silencio, de la costumbre. Cuando murió tenía casi cien años. En el barrio nadie se acordaba de ella, por vieja y porque hacía tiempo que no salía. Nadie comprendió mi llanto aquella tarde en que por vez primera conocí la muerte porque a nadie se lo dije. Bernarda se había ido de su pueblo a Madrid muy joven, y debió ser feliz lejos de allí porque nunca regresó. Yo creo que la guerra la devolvió a su pueblo de alguna manera y que por eso no hablaba, ¿para qué?. En Castilla no usan paraguas, cuando llueve no se sale de casa...

tirarse ao monte




Non fun en moto porque tiña que vir carregado. De tanto darlle estaban a crescer telarañas de máis na bodega. Dous días na montaña deixan claras dúas cousas: unha teño que atopar casa dunha vez, e dous non pequeno-almorzar máis de hotel en Portugal, o café é intragable, saio sempre cabreado ata o café máis perto do hotel blasfemando contra a infamia da potada asquerosa que dan no país de mellor café do mundo. Estou pensando en facer un blog de protesta. O demáis todo ben, o Montesinho sempre limpa os ollos por unha boa tempada, o tinto que traio está de vicio e a viaxe estupenda. Lavei a boca cun condado pouco antes de chegar a casa para irme afacendo ao clima e demáis e por pouco regreso outra vez á montaña, Cans estaba inzado de coches e xente por todas partes, menos mal que repetaron o meu bar, debía haber bodorrio de algún famoso da zona.

14.5.08

dias grises


Terán que vir días menos grises
Por trás desa ventá
O sol dirá
Namentras, nós: melancolía
O tempo cara atrás
Poderá sentir unha paixón, un día,
quen cegou para sempre unha mirada, hoxe?
A esquizofrenia ven de pensamentos
en circulos concéntricos
Os tempos paralelos non se tocan...
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12.5.08

abrazo




Me pregunto si al rodearte con mis brazos
rompo la arquitectura del olvido
Si al hacer trizas la distancia
divido lo que nos separa
Si viajo al fondo de tus ojos
buscando algo que he perdido
o si atesoro en un abrazo
lo que quisiera solo mío.
El amor es una lengua contundente
porque todo se escribe
con silencios y músicas
trazadas por las manos
sobre una única piel,
la que formamos.

8.5.08

memoria




Al fondo del comedor el retrato de sus abuelos ordenaba el tiempo en blanco y negro mirando fijamente a los ojos del futuro que ahora él representaba. Nunca llamaba para entrar en aquella casa pues sabía que lo reconocía y sentía que le hablaba como si no hubiera salido nunca de allí. Unas veces más tarde que otras pero siempre regresaba y jamás se le pasara por la cabeza no volver. De alguna manera, se dijo, ella me pertenece y yo también a ella.
El tiempo no se detiene nunca, las fotografías son el marca páginas de nuestra vida y los retratos nos miran de frente porque anhelan memoria. Con esa intención fueron hechos, para que podamos medir el tiempo desde su recuerdo...