5.4.17

Gajos I

Ángela entra en casa, un pequeño estudio con un gran ventanal que da a una plaza: Lavapies. Tira el bolso y la chaqueta en un sillón, entra en el baño y se refresca la cara. El espejo, mientras seca su cara, le sonríe imitando la voz de un hombre mayor: mejor un chuletón, que estás un poco flaca. Fotos familiares en las paredes, un poster de Chaplin a la izquierda de una tabla sobre dos caballetes que hace de mesa de estudio, un gran Mapamundi sobre un corcho y chinchetas de colores clavadas en algunos puntos, una percha con una chaqueta de lana y una bata detrás de la puerta de entrada, dos sillas de tijera blancas a ambos lados de una mesa camilla con los restos del desayuno y una pantalla pequeña de ordenador con un teclado. También zapatos al lado de la puerta de un armario empotrado. Ángela vive sola, ha encendido la luz porque anochece, una más entre millones de las luces que, ahora, dibujan en la noche el mapa luminoso de Madrid, desde el aire, sus venas encendidas describiendo el movimiento que da vida al cuerpo de ciencia-ficción, eléctrico y plano de la gran ciudad.
No es que haga mucho que no se ven pero el abrazo es largo, Angela y Vida en la esquina de Arguelles, un poco antes de entrar al restaurante vasco que tanto les gusta. Cada vez -dice Vida- es más difícil venir a verte hija, a ver que te vea, ummm, otro beso... ¿seguro que estás bien?... Claro mamá, estoy perfectamente y muy contenta de verte, bueno, de veros, hola Miguel, un beso... Pues por lo que llamas -sigue Vida- se diría que te olvidaste de nosotros... si, si, los exámenes, siempre los exámenes... lo que pasa es que ya no me quieres... Lo decía riéndo, buscando la sonrisa en la cara de Ángela y su respuesta: Muchísimo mamá, te quiero muchísimo... Y Vida sigue hablando, andando hacia el restaurante... Ahora gallinas hija, Miguel ha hecho un gallinero y tenemos diez gallinas, ponedoras, está loco... Te he traído huevos -apunta Miguel que camina tras ellas- verás qué maravilla... La casa en el Otero, los perros, la caza, la pesca y ahora gallinas... A mí, que lo que más me gusta es esto, Madrid, y cada vez estoy más lejos... Ya en el restaurante Miguel pregunta qué les apetece, unos primeros para picar y despues... Una chuleta, dice Ángela... Mejor un chuletón, que estás muy flaca, dice Miguel... Si, eso, come al menos bien un día, apunta Vida... Bueno -ahora es Ángela quien habla- contarme cómo va todo que tengo unas ganas de irme allí unos días...