28.1.10

piel




Como no me acostumbro a mi edad (espero que no se me pase) entro en los comercios de siempre buscando en realidad, ropa idéntica a la que ya he tenido. Pero este invierno decidí que era hora de quitarme unos kilos y bajé tres de golpe, me deshice de la cazadora de cuero que compré hace diecinueve años y que, pienso, debió ser concebida para soportar peleas callejeras y navajazos más que tapar del frío. Me fui a las rebajas. La moda, según me dicen en todos los comercios, viene en tejidos cómodos, flexibles y que transpiren a la vez que sean absolutamente impermeables. ¿Y en piel?, no, en piel nada… Y así me fui adentrando en comercios que hasta entonces me parecieran raros por lo antiguo de sus escaparates, salidos seguramente de un curso en la cámara de comercio de Madrid, adentrándome justamente en la edad de mis años, entrando en los mismos comercios a los que va mi padre, los que mantienen todavía que la elegancia viene de Inglaterra, “English Style” ponía en la publicidad del último en que entré. Se estaba bien a gusto, calentito de radiador. Nada más cerrar la puerta una mujer vino a atenderme, una mujer mayor pero muy atractiva y elegante. Le dije lo que buscaba y sin dudarlo me recomendó la cazadora que tenía el maniquí del escaparate, añadiendo que tendría suerte si la talla coincidiese porque estaba a menos de la mitad de su precio. Ya, dije yo, pero tiene que ser una 58 ó 60. Me ayudó a ponérmela y separándose unos pasos, mientras me giraba hacia el espejo añadió que ni de encarga me sentaría mejor… No miré el precio pero si que era inglesa, que no aumentará mi peso y que por fin podría dejar, al menos unos días, mi abrigo en el armario, mi abrigo que… si, también es inglés. Vaya.

25.1.10

veinticinco




Las calles se iban extendiendo a la vez que los pasos doblaban las esquinas, corrían entre callejones y bajaban escaleras de dos en dos llevándome hasta la heladería. Allí estaba yo, sentado en la mesita de la esquina, contándote no sé qué cosas y riendo. En todo el rato que nos estuve viendo no pude ver más que tu perfil, sonriendo, como en aquella foto que nunca pude hacerte. Sé que lo que se pierde nunca vuelve pero, como te veo allí hablando conmigo, nunca sé si es que has vuelto o que nunca te has ido. También pienso, otras veces, si la ventana no será más que una pantalla donde ponen el vídeo que quiero ver. No creo que me esté volviendo loco, son las ganas de verte y el deseo de que sea como el cine, con un final de beso, aunque no tenga claro si era abril o era enero y veinticinco los años, los claveles, los días, o el tiempo el que se acaba en veinticinco y me invita a bajar escaleras y calles y doblar las esquinas para verte sentada en una mesa, conmigo. Por prevenirme, ante el olvido, todos los veinticinco pido helado de fresa.

21.1.10

VIC




La verdad, amor mío, me he quedado perplejo al saberte por debajo de las preocupaciones generales del pensamiento de mi ciudad. Que a mis vecinos les preocupe más dónde aparcar, o el paro, en general, que el movimiento cadencioso de tu cuerpo cuando cruzas la plaza para traer esa butifarra tan buena, me molesta, qué quieres que te diga. Que el ocio o el transporte, la limpieza e incluso la falta de equipamientos y actividades culturales, sea primordial para ellos, antes que tú misma que eres como una letra de canción sensual, casi un bolero, me llena de tristeza. Tú que revolucionas mi pensamiento y mi cuerpo, no logras, sin embargo, salir de ese noveno puesto en las preocupaciones generales. Algo pasa, o me tienes embobado o el gusto por el movimiento y la belleza se está perdiendo en esta ciudad que tanto quiero. Tienes razón, mejor nos vamos a vivir a San Juliá de Vilatorta con nuestro amigo Lluís y nos venimos a Vic solo de vez en cuando, de paseo, para matar nostalgias, que un pueblo que no sabe reconocer la belleza, la diferencia, no se merece el suelo que tú pisas…

17.1.10

domingo todo el día


Domingos les llaman a estos días que no tienen veinticuatro. Las horas, tantas veces cariñosas, se sienten evasivas, insolidarias, egoístas, se vienen o se van, como las olas, alargándose o acortándose cuando les apetece: el mar sigue siendo el mar sin olas -dicen ellas- pero el tiempo, ¿qué es del tiempo sin horas?. He intentado hacerlas puré en la batidora, pasarlas por el chino... Y me da, que es el ritmo de las canciones elegidas el que se agarra a las agujas del tiempo con un poco de envidia retrasando las horas...
Quiere salir mi voz a cantar / que es el hecho el que pregona / no el hablar / Si amamos el viento que nos trae la palabra / nunca se irá este silencio de amarse / No sé si es verdad cuando dices que me amas / sé lo bien que le sabe a mi cuerpo cuando siento tus manos / Y con esta Jota quiero cantar / ser la voz que te llevará el viento / y un abrazo como grito de amor

13.1.10

navegar




Vivimos los problemas a cubierto, entre soportales y goretéx, dejando que discurran como la lluvia de estos días. ¿Quién iba a suponer que fuese el mar quien cayese del cielo?. A veces la vida se ríe de nosotros y pasa de lección sin que tengamos tiempo de echarle una ojeada siquiera a los dibujos. La vida enseña, dicen. Tenemos los prismáticos del revés o no nos hemos puesto las lentillas. Todo parece cierto, el mar, sobre nosotros, y debajo este cielo y este viento que nos movió las páginas dejándonos un blanco inmenso y encharcado. Como si navegáramos a la deriva. Sin poder describirlo. Y ese mareo, que no sabes qué pasa.


Donde pongo lo hallado: Silvio Rodriguez

9.1.10

certeza




A veces me le escapo a esta soledad mía, dejo durante días todo lo que hasta entonces ocupaba mi tiempo, me vacío, y habito en ese estado inapetente, comiendo galletas, viendo televisión, conduciendo, y así... Pero siempre hay un día después que comprobando ante el espejo mi estado lamentable, decido finalmente afeitarme y ponerme por debajo del polar y el abrigo, algo blanco, una camisa bien planchada y sin cuello -evidentemente. Meto entonces en el bolsillo además del pañuelo y la navaja, la visa, y dejo que los demás mortales comprueben que no es voz lo que falta en mis sentidos. Solo que en días así, la cabeza se libera de pájaros y además de ir al cajero y saludar a los vecinos, notas, en el aire, que tienes que hacer algo ... Los mercados de viejo son como enciclopedias del no saber qué hacer, abres en la página cualquiera y encuentras algo interesante dónde volcar los próximos minutos... La ciudad que elegí hace acopio de artesanos y hippies para adornar sus calles en navidad, pero también, escondido detrás del número de un edificio, te permite entrar al interior de una manzana donde todo está en uso y en desuso, oxidado, esmaltado, cuarteado, o sea, viejo de verdad. Caminando hacia allí tropecé con una banqueta en una callejuela estrecha, detrás de ella, una chica sentada en otra banqueta y sobre la primera -con la que tropecé- un cartón doblado anunciando lo que vendía: estabilidad emocional. Pensé enseguida que aquel cebo se dejaba para que idiotas como yo preguntáramos. Y pregunté. Me apetecía discutir con aquella chica que, sabía, pretendía engañarme y sacarme unos euros, pero, por otro lado, el método empleado era atractivo y, además, estábamos en navidad... ¿Cómo se puede vender eso? le dije. Me senté y después de los saludos de rigor y las sonrisas desconfiadas, no sé cómo, empecé a relatar la historia de mi vida, a abrir cajas, hablando de mi mismo, de mi bienestar económico y laboral, de las dudas que tenía sobre mi estado psíquico, de mis emociones, de mi falta de personalidad, de mi desconfianza, de mi poca estabilidad psicológica... No podía parar y cuando, después de mucho tiempo, me di cuenta, le pedí mil perdones, que cuanto le debía y sin saber ni cómo, si quería comer conmigo, que no sabía en dónde, que yo no era de allí... Ya en los postres, ella comenzó a hablarme sin dejar, ni un instante, de mirarme a los ojos, estaba sorprendida de mi falta de confianza en mi mismo cuando, por lo que le contaba, y estaba segura de que todo era cierto, era, según su parecer, una persona sensible que simplemente se cuestionaba aquello que tendría que dar un poco más de sentido a su vida. ¿Y entonces? le pregunté ¿Por qué no soy feliz?. Si que lo eres, me dijo, simplemente no tienes la certeza de serlo. ¿Certeza? le dije, eso es más complicado que la estabilidad emocional, no? Y entonces, poniéndose muy seria me lo dijo: actúa de una vez y deja de pensar tanto...

¿Sabíais que los besos con sabor a café sin azúcar son increiblemente dulces?

6.1.10

Circe ou o pracer do azul




... Ulises, tes que me prometer que a túa estadía en Eea foi algo máis que unha parada na túa singradura. Se o home que chegou a min non foi o mesmo que abandonou Ítaca, tampouco o home que parta das miñas beiras pode ser o mesmo que chegou a estas praias pedindo refuxio. Tí cambiáchesme moito, nobre laertiada, tampouco eu son a mesma deusa chea de xenreira que te recibiu. Faime sentir que tamén ti mudaches pola miña compaña, que no teu xeito de ver o mundo se pode agora seguir o rastro da miña ollada... Así falou Circe, a da voz dourada, e os ollos de Ulises enchíanse de bagoas ao escoitala... Tamén se as lendas así se contaran non deixaban de seren igualmente fermosas...

3.1.10

ano novo




O 2010 comenza bárbaro, dous modems fodidos pola tormenta e tres días sen net, ata tiven que voltar a ler: Llamazares e Circe ou o Pracer do Azul. Un pouco de luz:

Atrás quedó, allá, en la alta montaña, cerrada a cal y canto igual que mi memoria, a merced de la nieve, el tiempo, los recuerdos.
Atrás volvió a quedar igual que cada año cuando el otoño llega al valle del olvido y el silencio se espesa como una larga sombra sobre las viejas casas del pueblo abandonado.
Atrás volvió a quedar igual que cada año, cerrada a cal y canto igual que su memoria, esperando a que un día, definitivamente, se cierre para siempre como mi corazón.
Julio Llamazares