22.9.11

horas



Recogí las horas amontonadas por los rincones
para construir el puzzle de aquel tiempo
que no llegaré a armar
Y una canción
que pretende marcar al viento su camino
Y una piel
que me devuelva el eco de las palabras dichas…

Ningún tiempo es el mío si no está por venir




21.9.11

psicólogos

El psicólogo: Bien, pues mañana empezaremos a trabajar con el inconsciente...
Ella: Uy, doctor, no creo que mi marido quiera venir...

geriatrices


La Residencia era un antiguo palacete del dieciocho con jardines diseñados para no sentir necesidades exteriores. Su joya era un pequeño lago artificial con un canal y un embarcadero para acceder al casino desde un pequeño círculo entre árboles donde se bailaba escuchando la música de entonces. Pero había más: una ladera inglesa de grandes árboles y césped bajo el templete que coronaba Baco; la gran avenida entre cipreses recortados y setos de boj esperando a algún burgués afrancesado; un parterre de flores rojas bajo inmensos pinos mansos… Incluso una pequeña granja con huerto de juguete que todavía mantenían vivo, un puente enamorado sobre el canal, y un laberinto… Después del recorrido de pasillos, váteres y sonrisas variadas desde cada una de las placas de plástico a las que se me presentaba como el nuevo, “pues ya verá que bien va a estar aquí”, al fin me quedé solo, en la habitación 22. Abajo, en un banco de madera un poco apartado entre dos robles centenarios una señora elegantísima charlaba con un hombre y sonreía apartando la mano, caprichosa, cuando la de aquel hombre se arrimaba: ¡Jonas, Jonas! reprendió sonriendo una cuidadora al pasar. Vaite foder! respondió sin mirarla... Bueno –pensé- mira por donde podré aprender idiomas aquí, en la Residencia... Llegué, porque así lo habíamos acordado, un día antes que Raquel, nuestras familias ni siquiera se verían para hablar de las casualidades de la vida. Elegimos aquel geriátrico de lujo por sus jardines, parecían diseñados para que la vida, al llegar a este punto, nos acogiese con su delicadeza, sus colores, sus sonidos. Setenta y cinco años y un futuro, me dije, y un futuro. No es poco.

20.9.11

trenes



Amanecen los ruidos de los trenes, tac, tac, en esa inercia cotidiana de transferirse al mundo desde las vías de escape que le ayudaron a pasar la noche... Amanecen los ruidos y la luz y el trajín... Si me gustan los días es por verlos llegar desde la noche y poder abrazarme a la espalda de su modorra un poco antes de que se den la vuelta. Antes de que me digan que tienen que marcharse, que los llama la vida y que mientras se duchan porqué no les preparo un café sin azúcar y una gota de leche. Nunca entenderé esto de que la vida comience con el día. Ese cambio de agujas que acciona tiempos nuevos en diferentes vías para cada persona, tac, tac, tac… Y las veces que olvida recoger ese beso que se dejó en la mesa y ponerlo en mis labios… Dejándome parado como en una vía muerta

16.9.11

vueltas


Extiendo la belleza como un mantel sobre los años que me quedan, no quiero que se raye la vida de cristal por la que veo el mundo. Después de tantos años la cabezonería da un toque personal que llena la retina de paisajes deseados, como una gota de agua cristalina que tapa en décimas de segundo que no puedo medir la enorme boca del lavabo. O así...
Extiendo la belleza como un mantel sobre los años que me quedan para que no se raye la vida de cristal por la que veo el mundo. Pero se torna gris. Todo se vuelve gris... Sé de hermosos poemas cantados en melodías tristes, pero me digo que eso es la melancolía... Y tal vez sea eso, el cristal de los años me pone melancólico y la melancolía va perdiendo color y el no-color es cuando nada pasa... Gris y melancolía... Cómo suena a pasado la visión del futuro

13.9.11

regreso


Se puede regresar cansado y tumbarse en la cama esperando que el tiempo ablande el corazón y destense la espalda. Regresar y encontrar un espacio, vacío, sobre el que ir tirando lo que traes del viaje; detenerse en mirar la figura de barro que alguien te regaló, el dibujo que alguien dejó para ti sobre la mesa, el membrillo elaborado y la compota de manzana, el queso y el aceite y el vino y las castañas, ordenarlo poco a poco todo, la nevera, la alacena, la despensa, el armario… Suena el teléfono, alguien quiere saber si estás bien, si hace mucho calor, si necesitas algo… No, todo bien, si, que lo que necesito es la rutina, estar aquí sentado ante el ordenador, la guitarra, la música… Afuera soledad, el ruido de los trenes… Quizá sea detrás de todo eso donde me encuentro, donde debo encontrarme, en un lugar de paso