28.2.10

deriva



Las ciudades se ven en el espejo de sus calles, relamen soledades por los amaneceres y descubren de nosotros al otro, el que escondemos, el sobreviviente de naufragios y singladuras arribando a las primeras horas de la mañana. Y sus calles se ven en nuestros ojos mientras trabajadores limpian con mangueras la huella de la noche. No nos vemos nosotros, delgada, larga y sin cara, la sombra nos remite hacia el suelo, que hace música hueca de nuestros pasos. Al fondo, después de la respiración que intenta rellenar de aire los pulmones, al levantar la vista, lentamente, un café. Un café y una mesa y una esquina y un lavabo del que vienes con ritmo de derrota ¿Qué quieres tomar? ¿Y tú –me respondes- qué has pedido? Un café, he pedido un café con un doble de besos y una nube de abrazos… Anda, vámonos ya, me sonreíste.

perfecta?






Esperaba de verdad que algo pasara y no que me empapara de salitre escuchando la resaca enfurecida del mar desde el pantalán. Y solo eso pasó, las olas como locas sin saber contra qué se rompían, el mar y el mar de abajo intentando ser nube, creando la espuma de lo que fue este día, sin gravedad, flotando entre los barcos y los muelles y el paseo inolvidable de Áncora frente al océano que hace todo pequeño, tan pequeño: nuestra preocupación de vendaval frente el terremoto, el de Japón frente el de Chile y el de Chile frente el de Haiti. Y la escala de Richter sacando todo de quicio. Y ahora la noche y la lluvia, lenta, sin viento, sin prisa, como esperando que alguien cierre el grifo, esperando también…

26.2.10

tormenta perfecta





Tengo entendido que ecos de los lamentos más callados se fundirán descendiendo en torbellino hacia nosotros. No sé de dónde viene tanto poso, tanto rencor. Estaré bien atento. El otro día, cuando el río creció llevándose las cosas que invadían la orilla pensaba que, nosotros, formamos solo verbos transitados porque nos asusta no ver el horizonte, no vernos en futuros inventados individualmente. Después aquellos cuervos jugando en el inmenso árbol que arrastraba la corriente del río, repitiéndose como en un espejo resquebrajado, me trajo augurios tristes. No sé por qué los cuervos se traducen en muerte, pero así fue, sentí que algo moría. Y seguí anclado allí, ajeno a todo lo que no fueran estos pensamientos, mientras el río multiplicaba su furia y el temporal crecía silbando violento entre las ramas, como si todo aquello no fuese más que un eco de lo que yo pensaba. Sensaciones, siempre me lo dices, que construyo la vida a través de sensaciones, seguramente es cierto, estaré bien atento este fin de semana, la tormenta es perfecta según dicen… Veremos

23.2.10




La tristeza transita desde un día a otro día a través de las noches. Yo no sé si es rocío o el recuerdo de ayer lo que veo en tus ojos cada vez que amanece, o que, inevitablemente, amanece y te veo y recuerdo y transito en tristezas de un día y otro día... Y de todas las noches

14.2.10

el otro




Trato de esconder la tristeza tras una máscara al menos estos días, intentar en este carnaval poner el tiempo cabeza abajo y menearlo por ver si algo aparece detrás de lo evidente, por si desde ese fondo inamovible soy capaz de sacar una sonrisa, la que imagino al menos. Pero al tratar de plasmar este deseo, la máscara me devuelve ese rictus estático que no tapa la normalidad de la que huyo. En realidad, los sillones mullidos, el coche nuevo, el vestido aquel o la comilona del sábado, no se rompen con caprichos ni deseos infantiles sobre la pureza de nuestros sentimientos, simplemente llenamos de sentido ese capricho para disimularlo, para engañarnos. Si el carnaval fuese la expresión de un deseo cambiaría nuestra vida para siempre, esto es lo que asusta, por eso lo encerramos en un tiempo, unos días, un disfraz, una máscara que después quemaremos o condenaremos al fondo de un baúl, o a la basura, para que su recuerdo no moleste demasiado, para que podamos amoldarlo, si acaso, a la circunstancia de la fecha, o del alcohol que, aturde –decimos- sin que nos demos cuenta. Estamos disfrazando nuestra vida. Somos en realidad el que dejamos aparcado en la oficina esperando el domingo y la normalidad que nos empeñamos en negar. Ese es quien nos dibuja entre los labios la sonrisa de vacaciones, quien nos trae el regalo que esperábamos tanto, quien arregla los días justo antes de que lleguen… El otro, es el tal vez, las horas de propina, el carnaval que hace que valoremos tan… positivamente… todos los demás días. Al final, la máscara somos también nosotros, no engañamos a nadie, ni siquiera a los otros

12.2.10

azul




Me dijiste que pintara un color
y yo no sé pintar, solo esperar.
A veces un color
es un día que espera... Un entretanto.
¿De dónde vendrá un río
tan ancho como el mar?


3.2.10

muros




Se me va la vista, tengo que llevar siempre conmigo gafas con cada vez más dioptrías, como si el tiempo que siempre he medido en paisajes, en luz, tuviese prisa en comerse la vida que me queda. Esto quería decirte, un ejemplo de algo físico que no tiene remedio, que en todo caso solo podrá agravarse o, con suerte, quedarse así, nunca mejorar. Unos cojos, otros ciegos, todo es peor que esto que nos pasa y que llevamos a dónde ya no es justa la medida, porque en vez de detener esta agonía que hemos instalado como un muro entre nosotros, dejamos que nos coma, que se consuma el tiempo nuestro y que circulemos en la misma dirección, cada uno por su vía, condenados a no encontrarnos nunca. Nada es lo mismo, cada vez más dioptrías, las tiritas no curan el dolor cuando la herida nos la inventamos nosotros y las gafas no hacen que las manos se toquen. Es otra cosa, eso que llaman amor, como en la canción, para vivir, que no es morirse así, a los pocos, sin vernos como somos detrás de nuestros ojos.

2.2.10

mierda

Llevo casi una semana matándome en el gimnasio con pesas pesadísimas para inflar un poco los hombros, en realidad no me quedaba tan bien la cazadora, creo que la bruja del comercio inglés me engañó, no sé si cargármela, algo tendré que hacer, no estoy dispuesto a inflarme, perdiendo el tiempo entre repiraciones sonoras y música de moda, estoy hartito del personal training del gimnasio, me parece un berzas, y no me gusta bañarme, vestirme y desnudarme en compañía, algo tendré que hacer, la mala hostia me sube a demasiada velocidad a la cabeza, noto el calor por dentro de las venas y me sudan las manos solo de pensar que mañana estaré otra vez introduciendo la mano en la taquilla número sesenta y nueve para ponerme en bañador y hacerle caso a mi personal training que me parece un berzas. Maldita cazadora. Es fea, asi, mirándola bien... Mierda...